No es tan preocupante como podría parecer tener políticos cafres, empresarios deshonestos, reguladores venales, y un ambiente social de ladrones. Lo importante es saber dónde estás, y aplicar la estrategia adecuada.

Cuando navegar era navegar, era un arte. Básicamente la gestión de datos que sabes incorrectos. Podías estar navegando en un cielo encapotado durante varios días, sin poder tomar ninguna altura con el sextante. Tirando de lo que se llama “estima”, que es lo que su nombre indica. Una estimación de la distancia recorrida y de la dirección desde la última posición conocida. Sabes que no estás dónde crees, pero si no has hecho las cosas demasiado mal puedes apostar a que estás dentro de un círculo de radio X alrededor de ese punto. Cuanto más tiempo pase en esas circunstancias, más grande es X. Si hay peligros por la zona, que conviene esquivar, mejor te mueves de forma que todo ese círculo quede fuera del peligro.

Es un coñazo, se tarda más, pero es lo seguro.

Con suerte acaba llegando un momento en el que pillas una altura de un astro, que al menos te da una recta donde sí estás. O rectángulo, más bien. Dependiendo de las olas y otras faenas que también hacen imprecisa esa medida. Pero has pasado, por ejemplo, de creer que estás dentro de un círculo de 25 millas de diámetro, a un rectángulo de un cuarto de milla de ancho y las 25 millas del círculo anterior de largo. La incertidumbre ha disminuido muchísimo. Y puede ser una precisión muy suficiente. Si la dirección del rectángulo te lleva a un lugar fácil y conveniente para situarte, no tienes más que seguir esa dirección, y antes o después llegarás. O si  no, esperar a poder tomar otra altura, y si no han pasado demasiadas horas acabarás teniendo un cuadrado tal vez no mayor de una milla de lado. Mucho más manejable.

En resumen, todo el truco consiste en acertar en el grado de confianza que merecen los datos que manejas, y lo que te puedes arriesgar con ellos. Pero si algo te hace equivocarte en ese grado de confianza, estás en franco peligro.

Por ejemplo la pasta.

El animal humano no cambia gran cosa en sus interioridades profundas. Pero circunstancias distintas producirán conductas distintas en la misma persona. Honesto / deshonesto, sin cuantificar, no quiere decir gran cosa. Lo mismo que “calentamiento global”. ¿Cuánto calentamiento? ¿Honesto frente a cuánta tentación? El que no se vende por un millón de pesetas, puede que se venda por un millón de euros. O por diez. Como decía un bioquímico famoso, la limpieza no existe; solo reducimos la mierda a un nivel tolerable. Donde la clave no es “mierda”, sino “nivel tolerable”.

El mundo se ha enriquecido muchísimo desde el siglo XIX.

Entre el crecimiento y la globalizción, la pasta que anda “volando” por ahí ha crecido en órdenes de magnitud. Y con ella la tentación. Y, en proporción inversa, la confianza. Pero seguimos básicamente con los esquemas mentales y políticos del siglo XIX. Ha cambiado el grado de confianza, pero no hemos cambiado los riesgos que asumimos.

Hace 50 años, un banquero podía ser un desalmado capaz de echar de su casa a un moroso, pero por otra parte era se tomaba por la quintaesencia de la seriedad y la formalidad. Hoy, hacemos como si siguieran siendo como hace 50 años, pero en realidad estás tratando con alguien comparable a un cuatrero de la cueva de Alí Baba. Cambia la cantidad de tentación; cambia la conducta. ¿Y los políticos?

Bueno, esos son los fáciles. La demagogia barata. Pero la cosa llega muuucho más lejos. Si llega hasta la ciencia, quiere decir que no hay ningún sitio donde no llegue. Sabíamos sobre lo del cambio climático. Pero no sabíamos que estaba francamente extendido:

Estamos navegando con un círculo de confianza equivocado. Muy peligroso. Donde más dinero se acumule, más peligroso. Y si encima es “dinero de nadie”, imagina.