Al final era Peter Gleick, un científico más o menos oscuro especializado en medio ambiente y recursos hídricos, pero más conocido como activista del ecologismo. Lo que, como cualquiera sabe, quiere decir presunto cafre y mentiroso. Y esta vez le han pillado tan bien pillado que ha tenido que confesar. Él es la fuente de los documentos falsificados para desacreditar a los escépticos.

Que la historia tenía toda la pinta de trampa lo sabe cualquiera menos Pedro J. y El mundo. Unos documentos – indiscretos por dar datos personales de trabajadores y asociados – completamente inocuos, junto con otro, de características completamente diferentes, que es el que pone contexto y chicha a los primeros. Tan claro como que unos son PDFs creados desde word, con los metadatos que señalan como autor a alguien que trabaja para el instituto, y tienen una redacción y composición obviamente profesional, mientras que el único que tiene morbo es un escaneado, sin ningún dato relevante asociado, y escrito por un ágrafo al que nadie le pagaría por escribir. Y para colmo creado en un ordenador que lleva el horario del Oeste, donde el Heartland no tiene ninguna oficina.

Gleick repartió su engaño a periódicos y blogs. El primero en publicarlo fue The Guardian, pero El Mundo no se retrasó ni le hizo el menor asco a la carnada.

Los blogs escépticos americanos tardaron nada y menos en darse cuenta de estos detalles, y en señalar que el único documento que podía resultar delicado llevaba todas las papeletas de ser un montaje. Pero nadie en The Guardian, ni en El Mundo, se preocupa por los detalles evidentes, ni mucho menos se le ocurre algo tan sencillo como hacer una llamada de teléfono al instituto al que van a acusar.

Impresionante. ¿Pretenden ser portavoces de campañas de publicidad, y cobrar por ello al espectador? No me extraña que hayan perdido la mitad de los ingresos publicitarios desde 2007. Y que la pérdida de lectores sea tan constante como la ley de la gravedad. Porque comprar El Mundo debe ser como ir al cine, y te que encuentres con que la película son los anuncios publicitarios, apenas disimulados.

Es difícil un caso más evidente de falta de capacidad (o vergüenza) profesional. ¿Las cuentas de los escépticos quedan al descubierto? ¿Habla de los siete millones al año del Heartland? ¿Se dan cuenta de que buena parte va a financiar cosas tan respetables y admirables como el proyecto de A. Watts para hacer accesibles y entendibles los datos de temperaturas de la NOAA? ¿Acaso piensan que, puestos a tener organizaciones que ayudan a dar aire a la información de un bando, y otro, los alarmistas ganan por algo como dos o tres órdenes de magnitud? No, jamás. Porque ya no son periodistas. Han decidido que informar honestamente no da dinero, y se han pasado al campo del activismo de causa.

Cuando el escándalo del Climategate, Anthony Watts le exigió a Steven Mosher una prueba irrefutable de que los emails del CRU eran auténticos. Y no publicaron nada hasta que no la tuvieron. El Mundo y The Guardian, y para el caso casi toda la “profesión”, se lanzan a la piscina sin la menor prueba, con todos los indicios en contra, y sin contactar a quien acusan.

Os contaré más en los próximos días, porque el caso es bonito. Algunos ya habían señalado a Gleick como posible redactor del documento falso, sin más indicios que su conocido activismo, y el estilo y algunas expresiones que le son propias. Diana. ¡Bravo, Mosher! Recomiendo el blog de Lucía para seguir el asunto. Son muchos menos comentarios que en WUWT, pero de mucha sustancia. Hay varias entradas, según ha ido avanzando la película:

Añadido:

Judith Curry nos cuenta que Gleick es todo un experto en ética y en integridad:

Lo dice en:

Nota: En el documento falso, presumiblemente redactado por Gleick, se hace aparentar un interés del Heartland por acercarse y hacerle la pelota a la dra. Curry, que así queda señalada como gran traidora a la causa. Como siempre con los fanáticos, no hay peor pecado que la neutralidad.

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