La mochila de Vallecas posiblemente sea el peor de los muchos detalles del caso 11-M. El peor, por indigerible; y el peor porque hace el efecto de un elefante en el salón, todo el mundo queriendo disimular, pero nadie consiguiéndolo del todo. Había un cuento de Julio Cotázar que ocurría en una velada de amigos sudamericanos en París. Matrimonios, y similares. Los anfitriones tenían un bebé en una cuna, en una habitación aparte. Con la puerta abierta, por si había que atenderle. Y una invitada cotilla, o aficionada, mira y se da cuenta de que el niño no respira. Lo comenta con su chorbo, y … -¡leches, es verdad, no respira-. Y la noticia se va corriendo macabramente, de pareja en pareja, menos los padres. Y al final todos se despiden a la chita callando.

Algo parecido pasa con la mochila de Vallecas. Nadie quiere hablar de ella, todos hacemos como si no está, pero no desaparece.  Y nadie, pero nadie, se lo quiere contar a los padres (los jueces). Hasta ahora; y nada menos que la Unión de Oficiales de la Guardia Civil.

No estoy contando un cuento. Yo soy el primero que no puede encarar la mochila maldita. Puedo digerir un Jamal Zougam inocente. Aunque sea el único condenado por poner bombas (y faltan doce). Se puede explicar solo con pensar que en España la policía y los jueces sean tan bastardos como la clase política, y se faciliten el trabajo encalomando el crimen al primer “sospechoso habitual” al que echen mano. No me parece una hipótesis nada inverosímil, si el país es como sus políticos – y sería algo natural. Además, esta idea no exige que uno se ponga a imaginar conspiraciones prodigiosas.

Me pasa lo mismo con los demás detalles, si recuerdo bien. Un juez pusilánime e incompetente puede dar la orden de destruir los vagones, seguramente pensando en ahorrarle a Madrid la vista de tan trágico recuerdo. ¿En este ambiente de buenismo gilipollas, quién se lo va a reprochar? Hasta se puede, estirando mucho la cuerda, achacar a los nervios y la incompetencia el que no hayan podido dar un resultado en condiciones sobre la composición y marca del explosivo. Es mucho estirar, teniendo en cuenta que hablamos de nada menos que de doce explosiones, dos de ellas controladas, y de una de las policías más bragadas en el mundo lidiando con terrorismo. Resulta un hazme reir internacional. Pero sea, aceptamos incompetencia, nervios, drama, servicios policiales excedidos en su capacidad -incluso mental. España y yo somos así. Pero no hay forma humana de seguir silbando ante los dos últimos hallazgos, a preguntas de los mencionados guardias civiles.

“Hallazgos”, en el sentido del cuento de Cortázar. Todos lo sabíamos, aunque silbáramos, pero ahora se han enterado los padres. ¿Qué van a hacer? Porque no hay incompetencia, ni desidia, ni casualidad capaz de colocar una bomba falsa, a modo de prueba, entre los enseres del atentado en una comisaría. Y además, que esa prestidigitación apunte a un perfecto sospechoso habitual, y a unas bandas conocidas del hampa mora de Madrid.

A ver, colegas. Bomba “prueba” con el explosivo incrustado de tornillería para hacer más daño en plan de metralla. Y las bombas reales del atentado sin un solo tornillo en su interior [–>]. ¿Qué pasa, que les dio el punto de hacer una bomba distinta? ¿Una y no más? ¿Y justo esa es la que no estalló; la que nadie vio en los trenes; la que nadie afirma haberla trasladado; y la que apareció, sin que nadie pueda dar cuenta de cómo, en la comisaría? Pues si puedes creerte eso, te espera el otro hallazgo. Los Tedax de Manzano firmaron y sellaron que la bomba tenía un reloj con la alarma activada a la misma hora del atentado. Pero resulta que hay un Tédax verso suelto que afirma bajo juramento, ante mamá, que cuando llegó al lugar donde estaban manipulando el terminal, probando tarjetas para encenderlo, “el teléfono estaba ya sin batería” [–>]. Hay que quitarla para cambiar de tarjeta, y en aquellos modelos de entonces, al hacer eso, se borra la programación de la alarma. Así que parece que el dato de la hora de la alarma se lo inventó alguien. ¿También por desidia, casualidad, o incompetencia?

¿Cómo lo veis? A mi lo de silbar me resulta cada vez más difícil, y la mochila me está tocando las narices. Aunque a la plebe y a sus amos no perece irles mal. 13 bombas, un condenado. ¿Seguimos tan tranquilos a falta de 12? Y si no eran 13 bombas, sino 12, como parece, es la marimorena. Porque, ¿quién puso la nº 13 en la comisaría, y para qué?