Mi antipatía personal por Pedro J Ramirez quedó anclada para siempre una mañana en la cafetería del aeropuerto de Sondica, cuando desayunábamos en mesas vecinas. Bueno, yo desayunaba, y el director de Diario 16 despachaba con jóvenes periodistas, que esperaban en la barra a que les tocara el turno del chorreo feroz y soberbio que les iba a cayendo, según J les llamaba – uno por uno – a la mesa. En general, las chicas volvían a la barra llorando. Siempre me he arrepentido de haberme aguantado las ganas de decirle que hiciera el favor de guardarse la mala educación y la chulería para su casa, o para la redacción; pero que se abstuviera en los lugares públicos, porque ensuciaba el ambiente. Probablemente el desayuno más repugnante de mi vida.

Pero los gustos personales no deberían de influir en el juicio de la cosa pública. Y Ramírez tiene algunos logros periodísticos que todos los españoles deberíamos de agradecerle, puesto que nos afectan a todos. Entre ellos, el caso Gal que estaba investigando aquella mañana de vergüenza ajena. También me parece de antología, y de quitarse el sombrero, la carta de hoy domingo en el Mundo [–>]. Y no tanto por el estremecedor varapalo al juez Bermúdez, que me parece un personajillo secundario inevitable en la cloaca, sino por la valentía de hablar claro respecto al único condenado por poner una bomba el 11-M.

Explica primero el detalle de la declaración de un artificiero en el juicio de Manzano: el teléfono tenía la batería sacada, para probar tarjetas, y jamás pudieron averiguar después que la alarma estaba programada para las 7:40, como afirmaron. Lo sabíamos desde siempre, por el sumario, pero ahora consta testificalmente. Y sigue …

Teniendo en cuenta que fue ese detalle, junto a la creencia -igualmente falsa- de que los cables estaban preparados para que la mochila estallara, lo que llevó a detener a Jamal Zougam aquel sábado día 13 en el que desde la sede del PSOE se le dio la vuelta a la tortilla electoral, estamos ante un punto de inflexión crucial. Tan crucial como para que mis últimas dudas se hayan disipado -he pensado mucho en ello durante el verano- y haya llegado al convencimiento de que ese hombre que la víspera de la masacre había visitado el piso que quería comprarse con su novia y se había machacado en un gimnasio mientras sus presuntos cómplices -con los que nadie llegó a relacionarle nunca- montaban las bombas, ese hombre que ha sido condenado a tropecientos mil años de cárcel sobre la base de dos testimonios oculares tan interesados como dudosos, ese hombre que lleva ya siete años y medio en prisión sometido a un implacable régimen de 22 horas de confinamiento solitario al día -quizá para que se suicide o se vuelva loco- es totalmente inocente y fue elegido como víctima propiciatoria por la trama policial que manipuló la investigación.

Llevo años diciendo lo mismo. Y estoy seguro de que Perdo J estaba convencido hace mucho tiempo. También comprendo que un periodista en su situación no puede permitirse afirmar algo así alegremente, y tal vez “el detalle” le ha hecho sentirse más fuerte. Pero sea como sea, yo quiero agradecerle que la haga ahora. Otra que le debo. Que le debemos todos, creo. Porque afecta a un oprobio nacional.

La carta entera se puede leer por el morro en este enlace:

Anteriores sobre Jamal Zougam: